El sol, la luna, el
viento. Grandes aliados. El día, la noche, íntimos
enemigos. Las notas llenan el espacio vacío y la sala se inunda con
algo, con dejo de tristeza, que se abate ante la aurora de tu pelo, que
te lleva y te trae de mi mente en diferentes figuras y formas. Tu cara
y tu pelo, que siempre vienen a flote, ayer eran distintas, eran más
linda, eras más linda. Y tenías luz, y fuerza, y me ganaste, me sacaste
de lugar, me entregué a tus brazos predispuesto a todo y me dormí sin
siquiera saber que había pasado. Sin que ni siquiera me importe que
pase. Y me desperté, cansado, pero alegre, los ojos no querían abrirse
y cuando logro el cometido te ven, y se alegran y la boca se ríe, y mis
manos te tocan. Y vos me miras, incauta y divina, me miras y la vida
me sonríe y la música suena al compás de trompetas y platillos, me
miraste.
Me miraste y la noche se hizo noche pues es en la noche cuando
divagamos por los andenes coloridos que se desvisten al vernos pasar.
Me miraste y hasta el trabajador incansable se detiene. Me miraste. Me
miraste y todo pareció estar vivo un segundo, hasta las hojas tristes y
muertas que yacen en la vereda, en las puertas del infierno. Me
miraste y la locura te acompaña pues tus ojos quieren decir algo, y yo
sigo sin entenderlos, porque me embobecen, me enceguecen, me hacen
delirar y poder conocer hasta el escalón más alto del cielo, al menos
por un segundo. Me miraste y los saxos hacen notas graves, esperando
el impacto, y el beso, tu beso, ese beso. De locura y de muerte.
Muerte, aquello que parecía amigo y compañero, aquello que era cosa de
todos los días. Aquello que era inminente. Y ahora es lejano, es
incierto, ya no me importa. Está la vida, esa que se vive con amigos, con gente desconocida. Esa que se
escucha entre canciones y fuego. Esa que está en la palma de tu mano, y
me compartes. Y me contagia. Y la contagio. Y no para.
enemigos. Las notas llenan el espacio vacío y la sala se inunda con
algo, con dejo de tristeza, que se abate ante la aurora de tu pelo, que
te lleva y te trae de mi mente en diferentes figuras y formas. Tu cara
y tu pelo, que siempre vienen a flote, ayer eran distintas, eran más
linda, eras más linda. Y tenías luz, y fuerza, y me ganaste, me sacaste
de lugar, me entregué a tus brazos predispuesto a todo y me dormí sin
siquiera saber que había pasado. Sin que ni siquiera me importe que
pase. Y me desperté, cansado, pero alegre, los ojos no querían abrirse
y cuando logro el cometido te ven, y se alegran y la boca se ríe, y mis
manos te tocan. Y vos me miras, incauta y divina, me miras y la vida
me sonríe y la música suena al compás de trompetas y platillos, me
miraste.
Me miraste y la noche se hizo noche pues es en la noche cuando
divagamos por los andenes coloridos que se desvisten al vernos pasar.
Me miraste y hasta el trabajador incansable se detiene. Me miraste. Me
miraste y todo pareció estar vivo un segundo, hasta las hojas tristes y
muertas que yacen en la vereda, en las puertas del infierno. Me
miraste y la locura te acompaña pues tus ojos quieren decir algo, y yo
sigo sin entenderlos, porque me embobecen, me enceguecen, me hacen
delirar y poder conocer hasta el escalón más alto del cielo, al menos
por un segundo. Me miraste y los saxos hacen notas graves, esperando
el impacto, y el beso, tu beso, ese beso. De locura y de muerte.
Muerte, aquello que parecía amigo y compañero, aquello que era cosa de
todos los días. Aquello que era inminente. Y ahora es lejano, es
incierto, ya no me importa. Está la vida, esa que se vive con amigos, con gente desconocida. Esa que se
escucha entre canciones y fuego. Esa que está en la palma de tu mano, y
me compartes. Y me contagia. Y la contagio. Y no para.
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"Póngase sereno, y apunte bien Usted. Dispara, cobarde, que solamente vas a matar a un hombre." Ernesto Guevara