Cuanto vale que el pan valga defender intereses ajenos. Que
me oprimen. Cuanto vale el tiempo perdido, las ganas de huir. Cuanto vale no
poder mirar el cielo en paz sin que la cabeza nos diga que la única salida es
escapar. Cuanto vale que la libertad sea sólo una palabra escrita en alguna
pared oscura, y no un verbo. O un estilo de vida. Cuanto vale mirarte a los
ojos, y saber que es tu misma existencia la que limita la mía, sin siquiera
interesarte. Cuanto vale que los días se consuman en rutina, y no en amor, en
fiestas. Cuanto vale que la vida esté al borde del abismo, tal cigarro en el
cenicero, consumiéndose, sabiendo que el tiempo es poco, y se termina; sin
poder hacer nada. Cuanto vale que no te dejen volar.
Él era así, indefectiblemente así, por error de la
naturaleza, o certeza del destino. Era así.
Enamorado de los días y las noches, enamorado del andar despacio y
tranquilo. Enamorado de las notas que flotan en el aire y se transforman en
dulce música para el oído y para el alma. Enamorado de las voces y las letras
que se ven en las hojas, paredes y calles de cualquier ciudad. Él era así. Y no
podía ocultarlo.
Los días, de trabajo e insoportables, eran la mera excusa
para que llegue la noche, y con ella los amigos, razón de ser. El día se hacía temible
y pesado, terco y lúgubre. El día no era más que una excusa para que llegue la
noche.
Y la noche, la noche. Ese momento donde se abandonan las
investiduras, los prejuicios y pretextos, donde se abandona la pre-ocupación, y
nos ocupamos del hoy, como si no hubiera mañana. Porque mañana es el día, y
nadie sabe poder soportarlo. Entonces la noche; fría o tibia, siempre noche,
nos ofrece ese calor inconfundible, como un feto en útero, y nos invita a ser
más, y mejores. La noche nos invita a salir despacio, y liberarnos de esa
pesada mochila que nos agobia y entristece, de esa mochila que todos cargamos.
La noche invita a los amigos, y ellos a la felicidad, que viene sola, porque
están los amigos.
La noche comienza y con ella el ritual; la comida y la bebida son el pretexto de la
comunión y las risas inundan la sala, ya nadie se mira, ya no interesan los
otros, sólo estar. Y estar es cumplir, y elevarse a los más altos sacramentos
de lo que fuere, estar es elevarse, y liberarse, del día y de lo que mierda
sea, liberarse. La noche empieza a rodar
y casi sin saberlo la ronda se hace simbiosis, y cualquier movimiento afecta al
resto, y cualquier risa contagia, y cualquier pena duele. La noche se hace
entre todos y ya no importa quien está, si es amigo o desconocido, el hecho es
estar, y liberarse.
La noche comienza y los cubos de hielo flotan en líquido
divino, la mesa se viste de fiesta y sobre ella la ofrenda al dios más sagrado
de todos, y digo el más sagrado de todos porque no necesita que sus creyentes
alimenten su ego, este dios está con nosotros y nos sirve, y brinda. Ese dios
nos trae recuerdos pero sobre todos nos impulsa a generar más recuerdos, para
que algún día, en alguna barra cercana, los corazones se reaviven y se enajenen
recordando todo lo que fuimos, pero sobre todo, impulsándonos a generar más, y
más. Sin importar lo que pase, sin importar la hora, ni el mañana. La única
meta es estar y ser, existir, liberarse.
Poder mirar a los ojos a ese gran amigo, palmearlo en el hombre y reír,
sin importar porqué, ni donde. Reír. ¿Cuántas veces vimos a unos ojos sin
pensar?, ¿Cuántas veces miramos dos ojos ajenos sin importar lo que piensen,
sin pensar en nada?, simplemente mirarlos y reír.. eso es la noche.
Pero hay algo que nos acecha, y estremece, hay algo
escondido en las sombras que está esperando resurgir de los más oscuro y con un
negro grito hacer temblar al alma y que hasta el más rudo se ponga alerta, hay
algo oscuro que nos acecha desde lo hondo e inhóspito de las tinieblas y se
escuchan sus pasos, y los ojos nos miran, y su mente nos imagina tristes,
amargos e insulsos, torpes, egoístas. Es el día, que se prepara para terminar
con su eterno enemigo, la noche, y junto a ella llevarse todo lo bueno, y a
nosotros, que ya con cara triste nos damos cuenta de que todo tiene un final,
de que todo termina, pero no sin siempre saber que cuando comienza el día,
estamos más cerca de que llegue otra noche.
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"Póngase sereno, y apunte bien Usted. Dispara, cobarde, que solamente vas a matar a un hombre." Ernesto Guevara