jueves, 7 de marzo de 2013

La noche


Cuanto vale que el pan valga defender intereses ajenos. Que me oprimen. Cuanto vale el tiempo perdido, las ganas de huir. Cuanto vale no poder mirar el cielo en paz sin que la cabeza nos diga que la única salida es escapar. Cuanto vale que la libertad sea sólo una palabra escrita en alguna pared oscura, y no un verbo. O un estilo de vida. Cuanto vale mirarte a los ojos, y saber que es tu misma existencia la que limita la mía, sin siquiera interesarte. Cuanto vale que los días se consuman en rutina, y no en amor, en fiestas. Cuanto vale que la vida esté al borde del abismo, tal cigarro en el cenicero, consumiéndose, sabiendo que el tiempo es poco, y se termina; sin poder hacer nada. Cuanto vale que no te dejen volar.

Él era así, indefectiblemente así, por error de la naturaleza, o certeza del destino. Era así.  Enamorado de los días y las noches, enamorado del andar despacio y tranquilo. Enamorado de las notas que flotan en el aire y se transforman en dulce música para el oído y para el alma. Enamorado de las voces y las letras que se ven en las hojas, paredes y calles de cualquier ciudad. Él era así. Y no podía ocultarlo.
Los días, de trabajo e insoportables, eran la mera excusa para que llegue la noche, y con ella los amigos, razón de ser. El día se hacía temible y pesado, terco y lúgubre. El día no era más que una excusa para que llegue la noche. 

Y la noche, la noche. Ese momento donde se abandonan las investiduras, los prejuicios y pretextos, donde se abandona la pre-ocupación, y nos ocupamos del hoy, como si no hubiera mañana. Porque mañana es el día, y nadie sabe poder soportarlo. Entonces la noche; fría o tibia, siempre noche, nos ofrece ese calor inconfundible, como un feto en útero, y nos invita a ser más, y mejores. La noche nos invita a salir despacio, y liberarnos de esa pesada mochila que nos agobia y entristece, de esa mochila que todos cargamos. La noche invita a los amigos, y ellos a la felicidad, que viene sola, porque están los amigos.
La noche comienza y con ella el ritual;  la comida y la bebida son el pretexto de la comunión y las risas inundan la sala, ya nadie se mira, ya no interesan los otros, sólo estar. Y estar es cumplir, y elevarse a los más altos sacramentos de lo que fuere, estar es elevarse, y liberarse, del día y de lo que mierda sea, liberarse.  La noche empieza a rodar y casi sin saberlo la ronda se hace simbiosis, y cualquier movimiento afecta al resto, y cualquier risa contagia, y cualquier pena duele. La noche se hace entre todos y ya no importa quien está, si es amigo o desconocido, el hecho es estar, y liberarse.
La noche comienza y los cubos de hielo flotan en líquido divino, la mesa se viste de fiesta y sobre ella la ofrenda al dios más sagrado de todos, y digo el más sagrado de todos porque no necesita que sus creyentes alimenten su ego, este dios está con nosotros y nos sirve, y brinda. Ese dios nos trae recuerdos pero sobre todos nos impulsa a generar más recuerdos, para que algún día, en alguna barra cercana, los corazones se reaviven y se enajenen recordando todo lo que fuimos, pero sobre todo, impulsándonos a generar más, y más. Sin importar lo que pase, sin importar la hora, ni el mañana. La única meta es estar y ser, existir, liberarse.  Poder mirar a los ojos a ese gran amigo, palmearlo en el hombre y reír, sin importar porqué, ni donde. Reír. ¿Cuántas veces vimos a unos ojos sin pensar?, ¿Cuántas veces miramos dos ojos ajenos sin importar lo que piensen, sin pensar en nada?, simplemente mirarlos y reír.. eso es la noche.
Pero hay algo que nos acecha, y estremece, hay algo escondido en las sombras que está esperando resurgir de los más oscuro y con un negro grito hacer temblar al alma y que hasta el más rudo se ponga alerta, hay algo oscuro que nos acecha desde lo hondo e inhóspito de las tinieblas y se escuchan sus pasos, y los ojos nos miran, y su mente nos imagina tristes, amargos e insulsos, torpes, egoístas. Es el día, que se prepara para terminar con su eterno enemigo, la noche, y junto a ella llevarse todo lo bueno, y a nosotros, que ya con cara triste nos damos cuenta de que todo tiene un final, de que todo termina, pero no sin siempre saber que cuando comienza el día, estamos más cerca de que llegue otra noche. 

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"Póngase sereno, y apunte bien Usted. Dispara, cobarde, que solamente vas a matar a un hombre." Ernesto Guevara