A veces vos marcabas mi ritmo, tal como era antes. Eras el velocímetro de mi cabeza, regulabas mi andar, yo me alojaba en tu sombra, y cedía. - Aquellos eran días de olvido, queriendo lograr un estado de superación para poder seguir. Parecía que la vida se llevaba lo que había venido de sorpresa, aquella noche en un bar, cuando entre las mesas te buscaba y a cada mirada eras distinta, cada vez aún mejor, más mía. Cuando una noche cenando me diste la mano bajo la mesa, sin que nos vean. Nos buscábamos en miradas cómplices y distintas, en besos fugaces y jugueteos. El tema es que no fue, se apaga. Yo caminaba y pude entender de a ratos, o recordar. Quizá por eso el llanto casi me detuvo en la esquina, él no lo hizo con el mismo amor que yo, más él no importa siquiera, sino que ella ahora sufre. Ella muere. No vuelven aquellos ojos que hablaban, aquellas manos que decían, aquel corazón que yo sentí latir. Y los dientes se aprietan. Aquellos eran días de cielo en la tierra. El calor de Brasil nos alejaba del frío mundo de leyes y moral, de miradas celosas y rayos relámpagos. Esa isla nos hizo nacer, aquella arena nos cuidó con recelo de los demonios del viento y del capital. Aquella agua pura y cristalina aún guarda nuestros besos y nuestras risas. En aquel árbol que hicimos de casa supimos caer riendo a las seis de la mañana, supimos dormir mojados y despertar contentos, supimos mirar y sentir. Que mi mano con el lápiz había cambiado te decía, que vos fueras parte del paisaje, del cuento. Y así fue. Ahora la calle me supo decir que todo está bien, que no hay desatino. La luna hoy no salió para no vernos perder. No después de tantas noches bajo su manto haciendo nada más que amar. Que estar en el momento, mirando, tocando, queriendo, de adrede, forzando el destino, estirando el tiempo.
Todo desamor aquella semana fría de Córdoba en que nos fuimos perdiendo de a poco. Cada uno con su batalla encontrándonos en un universo paralelo, y la noche se hacía más fría para hacernos unir. Ni la naturaleza pudo volver a unir lo que una vez supo haber vivido. Y así fue la despedida, no pude mirar atrás, aún sabiendo que iba a ser la última vez.
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"Póngase sereno, y apunte bien Usted. Dispara, cobarde, que solamente vas a matar a un hombre." Ernesto Guevara